Cedric Gibbons, el arquitecto de Oscar
24 de Julio de 2008

Probablemente sea Cedric Gibbons el mayor exponente de la dirección artÃstica en la Historia del cine. Este norteamericano de origen irlandés fue uno de los grandes pioneros de esta profesión en el cine, arte al que contribuyó prácticamente desde su nacimiento entrando a trabajar nada menos que en los Estudios Edison de Nueva York, propiedad del famoso inventor, y colaborando en su primera pelÃcula en 1919. Una vez cerrados los estudios fichó por Samuel Goldwyn, integrándose más tarde en la plantilla de Louis B. Mayer en MGM, puesto en el que permaneció más de treinta años.
Varias son las notas predominantes en la rica experiencia cinematográfica de Cedric Gibbons, cada una de una naturaleza diferente. En primer lugar, fue uno de los miembros fundadores de la Academia de las Artes y las Ciencias Cinematográficas de Hollywood en los años 20, y no un integrante cualquiera: a él se debe el diseño de esa estatuilla dorada de un tipo fornido que, sobre una bobina de pelÃcula, reposa una larga espada y que se llama Oscar porque una secretaria de la Academia decÃa que le recordaba a un tÃo suyo con ese nombre. Por otro lado, su vida personal está adornada con el matrimonio con una de las grandes divas del Hollywood de los años treinta, la mexicana Dolores del RÃo, de la que se divorció en 1941.
Pero su verdadera grandeza como profesional viene marcada por sus récords personales: retirado en 1956, dejó atrás más de 1500 trabajos en pelÃculas de todo tipo, presupuesto y condición, acumulando treinta nominaciones a los premios que él mismo diseñó, de los cuales obtuvo la friolera de once por sus trabajos en El puente de San Luis Rey (1929), La viuda alegre (1934), Orgullo y prejuicio (1940), De corazón a corazón (1941), Luz que agoniza (1944), El despertar (1946), Mujercitas (1949), Un americano en ParÃs (1951), Cautivos del mal (1952), Julio César (1953) o Marcado por el odio (1957), a las órdenes de directores como Mervin LeRoy, Ernst Lubitsch, George Cukor, Vincente Minelli, Joseph Leo Mankiewicz o Robert Wise.
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24 de Julio de 2008 a las 3:55 pm
Ya me extrañaba a mà que estuvieras sin hacer nada.Te lo digo,porque yo tengo la misma condición,sobre todo si se trata de literatura y cine.Cuando me preguntan ¿qué te llevarÃas a una isla desierta? contesto:¡qué horror,no me gustan las islas desiertas!Un lugar sin librerÃas,cafés y cines tiene que ser el mismÃsimo infierno.El año pasado estuve en Segovia con unos amigos.Me sentÃa inspirado y me quedé en la habitación escribiendo un cuento,mientras mis amigos visitaban el Acueducto y el Alcázar.Claro,por la noche,cuando ellos se fueron a dormir salÃ, todavÃa impregnado de mis fantasÃas y visité la hermosa ciudad bajo un aura de leyenda.
¿Que tendrá que ver todo esto con tu post? Quizá porque todo sea un sueño.
El Oscar puede que sea el peor premio que se concede en la industria cinematográfica,pero tiene algo que al final claudicamos por un glamour de ensueño.
Un fuerte abrazo,amigo.
24 de Julio de 2008 a las 5:24 pm
Pues tienes razón, Francisco, el parón sólo es a medias. Hay que dosificar esfuerzos y dejar pasar el tiempo para volver con más ganas. En cualquier caso, parar sólo significa pensar en cómo y con qué volver…
Por lo general no presto mucha atención a los premios, no me interesa gran cosa valorar algo con respecto a ellos. Hitchcock nunca lo tuvo, Cary Grant, tampoco. ¿Qué valor pueden tener unos premios capaces de tamañas injusticias?
Abrazos