Clásicos unidos por la cama y la piscina
15 de Marzo de 2008

A veces nos sorprendemos cuando viendo una película reconocemos en la pantalla algún elemento de los exteriores, de las localizaciones o del decorado que creemos haber visto antes. Hollywood no es tan grande como parece, y a menudo se reutilizan exteriores, se rueda en las mismas ubicaciones intentado cambiar los puntos de vista y en no pocas ocasiones se reutilizan decorados, estancias o elementos para películas que poco o nada tienen que ver con la obra en la que aparecieron originariamente. Si para el famoso incendio de Atlanta de Lo que el viento se llevó (Gone with the wind, Victor Fleming, 1939) se incendiaron realmente los antiguos decorados elaborados para King Kong (Merian Cooper, 1933), a veces hay conexiones entre películas no tan evidentes o reconocidas.
Por ejemplo, la barroca escenografía de El fantasma de la ópera (Rupert Julian, 1925), que otorgaba a la cinta protagonizada por Lon Chaney una atmósfera entre lo onírico y el terror, incluía una cama en forma de góndola en la que el Fantasma acostaba a su amada tras haberla secuestrado. Años después, Billy Wilder, en la no menos barroca decoración de la mansión de Norma Desmond (Gloria Swanson) en El crespúsculo de los dioses (Sunset Boulevard, 1950), recuperó dicha cama para el dormitorio de la diva, elemento apropiado y guiño especial teniendo en cuenta que la película trata de una antigua actriz de cine mudo que vive en sus ensoñaciones del pasado pese a haber sido olvidada por todos.
Pero la obra de Wilder es a la vez destino y origen de conexiones subterráneas. Porque si la cama venía directamente de “la Ópera de París”, su piscina, el lugar donde aparece el cadáver de William Holden al principio de la película, y las dependencias adyacentes volverían a ser utilizadas por Nicholas Ray para que James Dean, Natalie Wood y Sal Mineo deambularan por ellas en Rebelde sin causa (Rebel withour a cause, 1955).
Tres clásicos unidos de manera subterránea. La magia del cine.
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