Crítica de Radio encubierta: rock, humor y piratería
09 de Junio de 2009

Radio encubierta, el nostálgico ejercicio de Richard Curtis por acercarnos a la época del sexo, drogas y rock and roll de la mano de la historia de los locutores de una emisora pirata que en 1966 se convirtieron en la principal, si no única, corriente contestataria hacia lo políticamente correcto en la radio británica, se deja ver con cierto agrado, pero resulta algo fallida. Planteada con cierto estilo, huyendo de sus edulcorados comienzos (Love actually), Curtis nos introduce en la vida de Carl, un joven expulsado del colegio cuya madre (magnífico cameo de Emma Thompson) envía con su padrino, Quentin (Billy Nighy) a pasar un tiempo en su barco, sede de Radio Rock, la emisora de rock and roll que emite desde el Mar del Norte; allí Carl conoce a toda una serie de excéntricos pinchadiscos capitaneados por “El Conde” (Philip Seymour Hoffman), con los que descubre el sexo, las drogas y la música. Mientras, el ministro británico del asunto (Kenneth Branagh) intenta por todos los medios lograr el cierre de una emisora cuyo éxito amenaza con subvertir las costumbres y comportamientos de la juventud británica.
Afortunadamente, Curtis huye del barniz romántico de su anterior trabajo, pero eso no viene compensado ni por una mayor complejidad o profundidad en la trama, ni tampoco por una visión del fenómeno que se aparte convenientemente de lo meramente complaciente, sin entrar en el lado oscuro ni de los personajes ni del movimiento al que pertenecían. La historia queda supeditada a los aparentes caprichos de carácter y comportamiento de cada personaje, que no vienen respaldadas por interpretaciones especialmente destacables, y aunque el tono de comedia ligera no carece de algún que otro momento brillante, no existe una estructura de gags propiamente dicha ni tampoco los suaves toques de drama llegan a conmover. Concebida como homenaje, la película parece no querer pasar deliberadamente de ser un acompañamiento casi decorativo de la música de la época, banda sonora que es precisamente su mayor valor (The Kinks, The Rolling Stones, The Who, Cat Stevens, David Bowie y un larguísimo etcétera).
Sin embargo, a pesar del caos y el ruido que presiden todo el metraje y que no cabe confundir con una supuesta complejidad de estructura o de trama, sino más bien con un embrollo producto de la falta de algo más intenso que contar, el sentimentalismo complaciente hacia la época eclipsa cualquier otra finalidad que la cinta pudiera tener, por ejemplo, con respecto a un tema tan actual como el fenómeno de la piratería, por más que la actitud contestataria y libertaria de los outsiders de aquella época no sea comparable a la delincuencia organizada contra los derechos de autor que vivimos hoy. En vez de eso, la película resulta excesivamente reiterativa y larga en su intento por ser trascendente sin meterse en harina, sólo por acumulación, lo que, al hacerle perder frescura y agilidad, termina derivando en pura banalidad.
Música, ruido, algún que otro momento en que sonreírse, pero, a pesar de su final, Curtis no termina de mojarse. Entretenimiento, algo largo, buena música, aunque tan amputada que casi no resulta disfrutable, y poco más.
Título: The Boat That Rocked
Año: 2009
Duración: 129 minutos
País: Reino Unido
Director: Richard Curtis
Reparto: Philip Seymour Hoffman, Bill Nighy, Kenneth Branagh, Emma Thompson, Rhys Ifans, Nick Frost, Gemma Artenton, January Jones, Jack Davenport, Tom Wisdom
Guión: Richard Curtis
Música: Varios
Fotografía: Danny Cohen
Producción: Working Title Films / Universal Films / Medienproduktion Prometheus Filmgesellschaft / Portobello Studios
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19 de Junio de 2009 a las 12:53 am
Dices: “…por más que la actitud contestataria y libertaria de los outsiders de aquella época no sea comparable a la delincuencia organizada contra los derechos de autor que vivimos hoy.”
Tío, ¿tú en que mundo vives? ¿Delincuencia organizada? Por favor…
19 de Junio de 2009 a las 8:14 am
Vajda, vivo en el mundo en el que quienes más dinero ingresan en concepto de derechos de autor no son los autores. Fíjate en los guionistas, por ejemplo, la miseria que cobran en España (y aún les quieren bajar el sueldo) o las huelgas que han tenido que organizar en EE.UU. Vivo en el mundo en el que las grandes corporaciones pueden decidir sobre el destino, ampliación, mutilación, desaparición, recuperación o nuevas versiones de obras sin contar con la opinión o consentimiento de su autor, sólo porque “legalmente” les corresponde ese “derecho”. ¿Sabes tú en qué mundo vives?
19 de Junio de 2009 a las 8:14 am
Ah, y eso por no mencionar a los sectores de delincuencia organizada, que los hay, que por otro lado lesionan los derechos de autor. Pero ese tema es más complejo como para tratarlo aquí.