Crítica Nickelodeon (Así empezó Hollywood)
23 de Octubre de 2009

Onanismo cinefílico: Crítica de Nickelodeon (Así empezó Hollywood)
Existe una categoría de cine –no sé si se puede considerar género- que supone una masturbación plena para el cinéfilo, un éxtasis de autocomplacencia por saberse rodeado de sus ídolos y tesoros más secretos. Y es que cuando el cine habla sobre cine, el cinéfilo llega a su orgasmo más íntimo y egoísta.
Afortunadamente la historia reciente y pasada del cine nos ha regalado un buen puñado de obras que han tratado con sabiduría el mundo del celuloide. Desde la mágica humildad de “El Cameraman” hasta el cinismo crítico de “Juego de Hollywood”, nos ha mostrado su lado más oscuro en “Sunset Boulevard”, su fuerza arrolladora en “Cautivos del mal”, su amor nostálgico en “Cinema Paradiso” o su esquizofrenia egocéntrica en “Adaptation”… Pero hoy le toca, aprovechando su reciente lanzamiento en DVD, a la menos conocida “Nickelodeon: Así empezó Hollywood”
Dirigida en 1976 por uno de los mayores cinéfilos del mundo, Peter Bogdanovich - prestigioso crítico y periodista biográfico del cine norteamericano- fue una película maldita, precipitada inmerecidamente al fracaso por haberla realizado este jovencísimo director al que nunca perdonaron sus precoces éxitos –ni el empeño por hacer triunfar a su novia de entonces, Cybill Shepherd-.
La historia y sus personajes conforman un inmenso homenaje al cine clásico: Un joven abogado, ingenuo y ambicioso -Ryan O´Neall imitando a Harold Lloyd- acaba accidentalmente trabajando para una productora independiente que intenta abrirse hueco frente a las grandes compañías en la incipiente industria del cine. También por accidente, un buscavidas atolondrado, entrañable y sinvergüenza –Burt Reynolds emulando a Cary Grant parodiando a Douglas Fairbanks- acaba trabajando precisamente de matón para una de estas grandes compañías. Como no podía ser de otro modo, la chica –angelical e inocente como las musas del cine mudo pero inconscientemente catastrófica, como mandan los cánones del Screwball- enamora a los dos anteriores personajes y provoca un accidental intercambio de maletas –suerte de McGuffin al más puro estilo del maestro Ernst Lubitsch- que termina por entrelazar a los tres en una desventura de amor… y de mucho cine.
El resto de ídolos de Bognadovich están presentes de un modo u otro a lo largo de la película: Howard Hawks impone sus disparatados diálogos sin pausa; Keaton y Lloyd marcan el diseño de las ingeniosas escenas de acción; John Ford nos regala una singular pelea con sabor irlandés y unos secundarios inolvidables -entre los cuales destaca el delirante productor (Brian Keith), aportación directa de Billy Wilder y su Sr. MacNamara de “Uno, dos, tres”-.
Tras dos primeros actos hilvanados con agilidad y maestría, Bognadovich nos conduce al estreno de “El nacimiento de una nación” para darnos un baño de humildad –sintiéndonos minúsculos ante el genio de D.W. Griffith- y de paso recordarnos que el cine “nos regala pedacitos de vida”, haciéndonos cómplices de una misma experiencia que incluso puede, como decía Orson Welles, ser “más grande que la vida misma”.
En definitiva, Nickelodeon es una película hermosa porque no intenta sino homenajear a cientos de películas maravillosas. No pretende reinventar ningún género, ni igualar ningún talento, ni siquiera sentirse heredera del cine de otros tiempos. No quiere ser original sino rememorar los orígenes. Es sencillamente una declaración de amor a la magia de un cine que ha hecho reír y sentir a medio mundo… y una invitación al onanismo para los que amamos el séptimo arte.
Título: Nickelodeon
Año: 1976
Duración: 121 min.
País: Estados Unidos
Director: Peter Bogdanovich
Reparto: Ryan O'Neal, Burt Reynolds, Tatum O'Neal, Brian Keith, Stella Stevens, Jan Hitchcock, Brion James, M. Emmet Walsh, John Ritter
Guión: W.D. Richter & Peter Bogdanovich
Música: Richard Hazard
Fotografía: Laszlo Kovacs
Producción: Columbia Pictures
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