Ensayo de un crimen (La vida criminal de Archibaldo de la Cruz)
26 de Febrero de 2008

Filmada en 1955, esta extraña película a medio camino entre la comedia negra y el drama psicológico vuelve a compendiar los traumas y obsesiones del cineasta aragonés Luis Buñuel.
Basada en la novela de Rodolfo Usigli y con una atmósfera entre el subconsciente y lo onírico, nos cuenta la historia de Archibaldo de la Cruz, un joven burgués que se acusa ante un juez de ser responsable de una serie de asesinatos cometidos a lo largo de su vida. Partiendo de una estructura de flash-back, Archibaldo, interpretado de forma convincente por el recientemente fallecido Ernesto Alonso, relata un detallado informe sobre su carrera criminal, la cual tiene una particularidad que la diferencia de otras: asesino vocacional, es además, sin embargo, autor material frustrado. Porque lo que caracteriza la vida criminal de Archibaldo de la Cruz es que, según él, mata con el pensamiento. Le basta desear la muerte de una mujer para que ésta pierda la vida por alguna causa ajena a sus planes homicidas y antes de que él pueda llevar a efecto su criminal objetivo. No obstante, siente su responsabilidad última en los designios que llevan a esas mujeres a la muerte, y por tanto su conciencia sí es la de un asesino atormentado.
Ensimismado, inmerso en un mundo propio y retraído desde niño, Archibaldo presenta ya desde la infancia un cuadro psicológico con tendencia a los pensamientos obsesivos de índole fetichista (por ejemplo, disfrutando cuando se viste con las ropas o se calza los zapatos de su madre, o casi cautivo del sonsonete de una vieja caja de música por la que siente una irresistible atracción) que derivarán en un culto a la muerte a partir de un desgraciado suceso al que asiste. Durante sus horas de estudio en la vieja casona familiar, en plena efervescencia revolucionaria del México de principios del siglo XX, y tras haber recibido una regañina por parte de su institutriz por no haber cumplimentado bien las tareas escolares, Archibaldo siente por primera vez el odio y el rencor. Ella, que se ha acercado a la ventana para seguir los disturbios que se están produciendo en la calle, cae fulminada por una bala perdida, en una escena perturbadora en la que la apetitosa mujer yace muerta en el suelo con la falda levantada descubriendo la parte superior de los ensangrentados muslos (zona femenina de preferente interés para Buñuel). Archibaldo se siente culpable inmediatamente, y esa atracción por la muerte, el placer fetichista, y su complejo de culpa ya no lo abandonarán. A lo largo de su vida, en distintas situaciones, experimentará circunstancias parecidas en las que finalmente una mujer perderá la vida antes de que él mismo pueda quitársela (inolvidable escena la que tiene lugar en el hospital, cuando la joven monjita-enfermera que está huyendo de un Archibaldo que la persigue navaja en mano, termina precipitándose por el hueco de un ascensor, una de las muertes más terribles que pueden concebirse en la vida moderna, retratada con una maestría que inspiraría a Hitchcock para Vertigo), hasta que, como casi siempre, sea el amor y la atracción por una mujer en concreto, la que pueda sacarle del bucle de frustración criminal y crisis de conciencia en el que se encuentra.
Quizá narrativamente más convencional que otras cintas de Buñuel, sin embargo resulta engañosamente simple y sus niveles de lectura amplios y diversos. Aparentemente puede calificarse como una comedia de humor negro en la que nos encontramos ante un asesino que nunca puede consumar sus crímenes, reducidos siempre a un mero ensayo, continuamente impedidos por rocambolescas circunstancias que se le adelantan y narrada en un tono ligero más irónico que de temática policial (como por ejemplo, el comentario del juez ante la colección de navajas de Archibaldo, supuestos instrumentos de sus imaginados crímenes que el juez quiere quitarle de la cabeza como una ocurrencia perversa pero irreal: “rasúrese con máquina”).
Esta lectura es válida pero insuficiente, puesto que el personaje de Archibaldo le sirve a don Luis para retratar muchas de sus propias obsesiones y complejos, desde el fetichismo del que hace gala Archibaldo en su infancia hasta su particular visión del sexo femenino (la escena del maniquí es ejemplar a este respecto, cómo Archibaldo reproduce el físico de la mujer y termina quemándola en un horno, no sin antes “perder” una de sus piernas por el camino, nuevo guiño humorístico), del amor y de la muerte. Pero tampoco abandona Buñuel su permanente intención de hacer crítica social, utilizando el origen burgués de Archibaldo como forma de poner de relieve el carácter hipócrita y reaccionario de esa clase social, evidenciado más claramente en otros momentos de la trama, como por ejemplo durante la escena de la boda con la conversación entre el cura, el militar y el policía, o en el diálogo entre Archibaldo y el anticuario, o también con cierto cinismo o ironía, cuando hace decir a un personaje “decente y pobre es peor que granuja y rico”. A este respecto, resulta ilustrativo el hecho de que la condición burguesa de Archibaldo despierte en el juez una condescendencia incrédula ante su relato, y mueve a preguntarnos cuál sería la reacción del juez si la confesión proviniese de un mendigo o un peón de obra, por ejemplo.
Pero la película no es ajena a lecturas más espirituales, a profundos análisis relacionados con otro de los intereses máximos de Buñuel: el mundo de la religión, el pecado, la condena, la penitencia, la absolución y el sentimiento de culpa, es decir, con la conciencia (nótese el apellido “de la Cruz” del protagonista, entendida como una peso que recae sobre los hombros) vista como una carga insoportable que puede someter cualquier faceta de la vida a sus dictados (aunque manteniendo la necesaria ambigüedad para que no quede claro si la crisis de conciencia de Archibaldo se debe a su condición de criminal vocacional o a su pertenencia a la burguesía).
Asimismo, el final “feliz” en el que Archibaldo se descarga del peso de su atribulada conciencia gracias al amor y a la comprensión de una mujer a la que no ha deseado matar, resulta igualmente ambivalente. Lejos de pensar en una simplona intención de Buñuel por rodar un final feliz, caben dos formas de entenderlo. En primer lugar, y de forma que resulta igualmente facilona, hablaría de la redención a través del amor. Una segunda forma de verlo, más profunda y a tono con el sentido del resto de la cinta, podría interpretarse como, una vez más en forma de crítica social, la facilidad con la que la burguesía logra evadir el castigo por sus crímenes, la “suerte” que nunca falta para conservar sus privilegios y para tener siempre esa última oportunidad incluso de lograr un amor redentor o bien hipócrita que camufle su verdadera naturaleza maléfica.
En resumen, las poderosas imágenes repletas de simbolismo habituales del maestro aragonés, su inconformismo, sus críticas a todo y a todos, y los objetos típicos de sus obsesiones se entremezclan en una comedia negra que es también un estudio de un perfil psicológico en el que no se sabe qué es más perjudicial, el instinto criminal o la pertenencia a una clase social parasitaria, si es que lo primero no es producto de lo segundo. Y todo ello recubierto con una estética casi de sueño difuminado, en el que todo parece producto de una pesadilla o de la libertad del subconsciente, el terreno favorito de un Luis Buñuel que nos regala aquí otra de sus obras imprescindibles.
Como curiosidad perversa, la celebridad de la película está fuertemente ligada a la mitología fúnebre que se desarrolló alrededor del suicidio de la actriz Miroslava Stern, ocurrido a pocos días de finalizado el rodaje. En una carta póstuma, la estrella solicitó que su cadáver fuera incinerado. Cuando la película fue estrenada, el público no dejó de notar la similitud entre la escena de la cremación del maniquí y el trágico final de esta bella actriz. Curiosamente, las coincidencias tan cercanas a la personalidad de Buñuel habían cobrado un giro inesperado y macabro que aún sigue cautivando a los admiradores de esta película.
Título: Ensayo de un crimen (La vida criminal de Archibaldo de la Cruz)
Año: 1955
Duración: 89 minutos
País: México
Director: Luis Buñuel
Reparto: Ernesto Alonso, Miroslava Stern, Ariadne Welter, Rita Macedo, Andrea Palma
Guión: Luis Buñuel y Eduardo Ugarte sobre la novela de Rodolfo Usigli
Música: Jorge Pérez
Fotografía: Agustín Jiménez
Producción: Alianza Cinematográfica
667 lecturas

(3 votos, promedio: 4.67 de 5)
Envía el artículo a Claqueta



06 de Septiembre de 2008 a las 1:53 pm
Se me había escapado este magnífico post, Alfredo,y lo digo de verdad.Siempre he tenido la creencia de que el maestro Hitchcock copiaba de Buñuel.Ensayo de un crimen y El,son dos muestras brillantes de como Buñuel disecciona el comportamiento humano como un entomólogo,su otra pasión.
Excelente post.
Un abrazo.
06 de Septiembre de 2008 a las 7:30 pm
Muchas gracias, Francisco. Es uno de mis filmes favoritos de Buñuel, y creo que se notó en lo particularmente inspirado que estaba cuando lo escribí, a pesar de que hace años que no la veo.
Gracias y abrazos