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Que sĂ­, que tiene talento. Que sĂ­, que tiene todavĂ­a más imaginaciĂłn. Que sĂ­, que ha filmado y producido algunas pelĂ­culas más que dignas (otras bastante mediocres, por no decir horribles, todo hay que decirlo), que es una figura imprescindible en el cine mexicano actual y por extensiĂłn en el cine español y mundial… Pero Guillermo del Toro se está poniendo un poco pesadito. A las reediciones de sus juveniles pinitos cinematográfico-literarios con Alfred Hitchcock en el punto de mira y de sus aventuras literato-vampĂ­ricas, hay que sumar su constante presencia en las quinielas sobre nuevos y futuribles proyectos de Hollywood y fuera de Ă©l. El Hobbit está en el centro de la rumorologĂ­a, de toda una serie de conjeturas que el mismo Del Toro ha insistido en despejar: sĂłlo habrá dos pelĂ­culas, con la historia de Tolkien partida en dos y sin esa hipotĂ©tica tercera parte, invenciĂłn pura del mexicano y de Peter Jakcson, que habrĂ­a de hacer de nexo entre la segunda parte de las aventuras de Bilbo Bolson y La comunidad del anillo, primera pata de la trilogĂ­a El Señor de los Anillos. Y además, Ian McKellen, Hugo Weaving y Andy Sarkis seguirán en sus papeles.

Y si a esta buena noticia (que se renuncie voluntariamente a un ejercicio gratuito de banalidad y apetito recaudatorio está claro que es una buena noticia) se añade que el propio Del Toro ha descartado el posible rodaje de una cuarta parte de Blade y una tercera de Hellboy, miel sobre hojuelas.

¿Cuál es el problema entonces? ¿Por qué nos quejamos del carácter prolífico del autor mexicano? Porque al parecer su talento se desperdicia rodando puro cine de entretenimiento o remakes de cosas que ya están leídas, vistas, rodadas (y en la mayoría de los casos muy bien rodadas, mucho mejor de lo que él podría hacer nunca). Como muestra, un botón de los proyectos en que él mismo ha anunciado estar trabajando: Frankenstein y Dr. Jekyll y Mr. Hyde. Por mucho que se empeñe jamás superará a James Whale y Boris Karloff, ni probablemente tampoco a Branagh y De Niro. Y desde luego ni va a superar a Victor Fleming y Spencer Tracy o a esa joya de Jean Renoir llamada El testamento del Dr. Cordelier. ¿Para qué entonces? ¿Aguantaríamos a un novelista que se dedicara sistemáticamente a reescribir lo que han hecho otros? ¿No estaría ese talento mejor invertido en cosas más provechosas para él, para el espectador y para el arte? Me da que sí.



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