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Jennifer Connelly, otra actriz desaprovechada

Esta neoyorquina nacida en 1970 inició muy pronto de niña su carrera artística en el mundo de la publicidad televisiva y en las portadas de revistas de moda. Desde 1979, año en que participó en algunos capítulos una serie de televisión, sin embargo fue dejando de lado su actividad como modelo y se concentró en presentarse a la mayor cantidad de castings que pudo. Fue así como llegó a participar en Érase una vez América, del maestro Sergio Leone, donde aparece bailando apenas unos minutos en pantalla. Tras unos cuantos trabajos de corte infantil y juvenil y algunas incursiones en el cine europeo (como Phenomena, de Dario Argento), con Rocketeer, de Joe Johnston (1991), junto al ex-James Bond Timothy Dalton, le llegó la fama entre el gran público, acrecentada por trabajos para Dennis Hopper en Labios ardientes (1990), para Betty Kaplan en la adaptación a la pantalla de De amor y de sombra, la novela de Isabel Allende junto a Antonio Banderas (1994), Semilla de rencor, de John Singleton (1995), Mulholland Falls, la brigada del sombrero (Lee Tamahori, 1996) o El secreto de los Abbott (1996, junto a Joaquin Phoenix o Liv Tyler), proporcionándole una reputación de actriz solvente, no conflictiva, perspicaz, profesional y poco dada a las extravagancias del star-system, además de unas cualidades dramáticas (y anatómicas) que le permiten una amplia versatilidad interpretativa.

Con incursiones en el cine más independiente (Réquiem por un sueño, 2000) y el más comercial (Dark City, 1998, Hulk, 2003, Diamante de sangre, 2006), en los últimos años ha obtenido la consideración de la crítica y el público sobre todo como actriz dramática, en películas como Pollock (Ed Harris, 2000), Casa de arena y niebla (2003), junto a Ben Kingsley, Juegos secretos (Todd Field, 2006) y sobre todo Una mente maravillosa (Ron Howard, 2001), junto a Russell Crowe y de nuevo Ed Harris, con la que obtuvo el Oscar a la mejor actriz de reparto, un Globo de Oro y un Bafta.

Jennifer Connelly es sin duda uno de los más preciados tesoros de la cinematografía norteamericana actual por su profesionalidad y por la suficiencia con la que ha completado cada una de sus interpretaciones, desde los personajes más burdos y superficiales hasta aquellos que contienen grandes cargas dramáticas y psicológicas. Próxima a los cuarenta, se abre ahora para ella ese difícil y proceloso océano de incertidumbres que es para las actrices de Hollywood cumplir años.


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    Como muchos otros actores ingleses, Alan Rickman posee una formación teatral envidiable (además es director de la Royal Academy of Dramatic Art) y está especializado en el repertorio de Shakespeare, aunque la mayor parte del público lo conozca sólo por ser uno de los habituales en la saga Harry Potter. De origen muy humilde y siendo muy discreto en su vida personal (lleva viviendo treinta años con la misma mujer, sin estar casados), su currículum profesional es heterogéneo, largo y de calidad contrastada, salpicando sus interpretaciones en el teatro con cine de autor y con películas comerciales.

    Tras dos décadas en el teatro, debutó en el cine con La jungla de cristal (1989), de John McTiernan, en lo que fue su desembarco en el cine más popular, senda continuada después con cintas como Harry Potter, Robin Hood (como sheriff de Nottingham, papel que le valió un premio BAFTA), con varias comedias ligeras (Héroes fuera de órbita, Love Actually, Éxito por los pelos), todo ello combinado con la interpretación en cine más personal, como en Sentido y sensibilidad (Ang Lee, 1995), Ciudadano Bob Roberts (Tim Robbins, 1992), Michael Collins (Neil Jordan, 1996), Dogma (Kevin Smith, 1999), El perfume (Tom Tykwer,2006) o Sweeny Todd (Tim Burton, 2008). Además, en 1997 dirigió y protagonizó su único proyecto tras la cámara, El invitado de invierno.

    Rickman posee un gran dominio de la escena, maneja a la perfección los recursos de su voz (mejor ver sus películas en versión original, el doblaje resta credibilidad y perfección a sus creaciones) y posee un físico y un carisma que lo convierten en un actor apto para una gran diversidad de papeles, encontrándose en su salsa en terrenos como la ironía, el sarcasmo o incluso la amargura más despiadada.


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