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Junto a Sharon Stone, Geena Davis es el techo intelectual de Hollywood, al menos en cuanto a coeficiente obtenido según las pruebas pertinentes, aunque ello no haya capacitado a la Stone para desterrar de una vez su lamentable costumbre de vestir pieles de animales ni haya servido a Geena Davis, que además es el techo femenino del cine norteamericano (en cuanto a centímetros, queremos decir) para elegir mejor sus trabajos y confeccionarse así una carrera cinematográfica que anda bastante errática, por no decir desaparecida.

Debutante nada menos que en Tootsie de Sydney Pollack (1982), Virginia Elizabeth Davis, pronto se hizo un nombre al trabajar con directores en proyectos que adquirieron rápida y merecida notoriedad. Así sucedió con David Cronenberg en La Mosca (1986) o con Tim Burton en Beetlejuice (1988). A las órdenes de Lawrence Kasdan obtuvo su premio Oscar como mejor actriz de reparto por su personaje adiestradora de perros (y de William Hurt) en El turista accidental, la adaptación del best seller literario de Anne Tyler. Acostumbrada a espaciar sus trabajos, alcanzó la cima del éxito en 1991 con Thelma y Louise, dirigida por Ridley Scott, y con su nominación al Oscar como mejor actriz.

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    El caso de Michael Cimino es el paradigma hollywoodiense del ascenso meteórico y vertiginoso para a continuación caer en el más profundo lodazal, en el pozo infernal más insondable. Cineasta de notables cualidades, tiró su carrera por la ventana apenas dos años después de su súbita consagración con el Oscar al mejor director y a la mejor película por El cazador (1978). Con un talento sobresaliente para el estudio (graduado con honores en Yale) y la escritura, su entrada en el cine vino de la mano de Clint Eastwood y su productora Malpaso. Tras el guión de Harry el fuerte (1974), Cimino se hizo con la dirección de Un botín de 500.000 dólares, clásico del cine de atracos que en principio iba a dirigir el propio Eastwood con un guión de Cimino pero que terminó siendo realizado por éste. Su gran éxito de crítica y público le proporcionaron suculentas ofertas, y gracias a ello pudo sacar adelante El cazador, su personalísimo y deslumbrante proyecto con un reparto inmejorable (Robert De Niro, Christopher Walken, Meryl Streep, entre otros) y un presupuesto desmesurado para un casi debutante. El éxito del film entre la crítica y su victoria en la gala de los Oscar, le dieron un cheque en blanco del que muy pocos tienen la suerte de disponer. Sin embargo, con su siguiente trabajo, el de su presunta consagración, La puerta del cielo, un western social de 1980 en el que vuelve a plantear el problema del encaje de las minorías inmigrantes en la sociedad de acogida, pese a contar con todos los medios técnicos y humanos que solicitó y los parabienes de United Artists, Cimino se despeñó. Superó estratosféricamente tanto el tiempo de rodaje como el presupuesto y el desastre financiero fue tan inmenso que casi provoca la desaparición del estudio e hizo que las puertas de Hollywood se le cerraran, no sólo a él, sino a una forma de trabajar con cierta libertad que resultaba demasiado arriesgada para los productores. Ni el fenomenal reparto (Kris Kristofferson, Christopher Walken, Isabelle Huppert, Sam Waterston, Jeff Bridges, John Hurt, Mickey Rourke, Joseph Cotten, Brad Dourif, John Hurt, Willem Dafoe…), ni el criminal montaje que destrozó la narración volviéndola dispersa, fragmentaria, discontinua, mutilada, que echa por tierra un prometedor comienzo, sirvieron para impedir la caída de United Artists y del propio Cimino, que, insistiendo en cada trabajo en continuar con su desmesura narrativa y su falta de límites técnica (por ejemplo, en sus interminables secuencias colectivas), se diluyó en guiones jamás adaptados a la pantalla (una biografía de Dostoievski, La vida y milagros de Frank Costello o una película para Dustin Hoffman), en proyectos nacidos de origen como fracaso que nunca se rodarían (una adaptación de Truman Capote), o en humillantes despidos de proyectos que él había iniciado en la dirección y que fueron terminados por otros cineastas (la nueva versión de Rebelión a bordo, iniciada por David Lean, La rosa, una biografía de Janis Joplin, o La zona muerta, sobre un relato de Stephen King que está considerado un clásico del cine de terror).

    Su filmografía, apenas ocho películas, es buena muestra de su decadencia y de las limitaciones que se le impusieron por su fama de problemático en cuanto a aceptar los límites técnicos y presupuestarios en aras de una creatividad desbordante que terminó con su carrera. Tras La puerta del cielo, sólo Manhattan Sur (1985), thriller sombrío ambientado en Chinatown, El siciliano (1987), adaptación de la obra de Mario Puzo con Christopher Lambert como protagonista (otra seña de decadencia) y 37 horas desesperadas, remake del clásico de William Wyler con Mickey Rourke en el papel de Humphrey Bogart, contienen algún fragmento del antiguo brío y lucidez de Cimino, desaparecido de Hollywood desde 1996.


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    ‘El perfume’, una fragancia criminal

    El sentido del olfato es, sin duda, el más difícil de plasmar en el cine. Incluso es la sensación más difícil de lograr para el espectador (y no han faltado intentos para conseguir dotar a las películas también de efectos odoríferos con los que atosigar al público…). Sin embargo, Tom Tykwer logró una de las mejores aproximaciones a la consumación de tal empeño con su adaptación a la pantalla del best seller de Patrick Sünskind, que cuenta las aventuras de Jean Baptiste Grenouille, un joven parisino del siglo XVIII con un particular y eficaz sentido del olfato, una persona obsesionada y dominada por los olores y por las sensaciones que despiertan en él, ya desde su nacimiento en mitad del hedor de los restos de pescado de un mercado, al tiempo que manifiesta una rara característica: no tiene olor corporal, lo cual lo ha demonizado a ojos de los demás desde pequeño. Tras varias y abusivas experiencias en los trabajos más ruines, con apenas 20 años, consigue trabajar para el perfumero Bandini, que le enseña a destilar esencias. Sin embargo, Grenouille está más interesado en capturar otra clase de fragancias, las más difíciles, y entre ellas, una imposible: el olor de la mujer.

    Con un buen reparto (que incluye a Dustin Hoffman o Alan Rickman), una impecable dirección de escena (magníficas la ambientación del París dieciochesco en las calles de Barcelona que sirvieron de plató, y también la elección de vestuario y maquillaje) y un tono académico que logra como mayor virtud la posibilidad de evocar en el espectador sin mucha dificultad los olores que dibuja en imágenes, la película peca quizás en exceso de pretender ser demasiado fiel al texto de una obra imposible de adaptar en cada uno de sus matices. El deseo de Tykwer de no apartarse para nada del libro hace que el interés no sea uniforme sino intermitente, con periodos que ataen y otros que resultan bastante cargantes, a la par que cinematográficamente innecesarios. Sin embargo, la película recibió excelentes críticas, sobre todo en Alemania.



    Título: Das Parfum, die Geschichte eines Mörders
    Año: 2006
    Duración: 147 minutos
    País: Alemania / Francia / España
    Director: Tom Tykwer
    Reparto: Dustin Hoffman, Ben Whishaw, Alan Rickman, Rachel Hurd-Wood, Sara Forestier
    Guión: Andrew Birkin, Bernd Eichinger y Tom Tykwer sobre la novela de Patrick Süskind
    Música: Reinhold Heil, Johnny Klimek y Tom Tykwer
    Fotografía: Frank Griebe
    Producción: Constantin Film, Castelao Producciones S.A., Nouvelles Éditions de Films y VIP 4 Medienfond

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    Ha muerto Sydney Pollack

    27 de Mayo de 2008

    Ha muerto Sydney Pollack

    Diez meses han bastado a la enfermedad para acabar con Sydney Pollack, irregular director e irrelevante actor norteamericano que, no obstante, tiene ganado un lugar destacable en el cine norteamericano de las últimas décadas con obras como Memorias de África (por la que obtuvo dos Oscares), Los tres días del cóndor (junto a Robert Redford, buen amigo con el que trabajó en siete ocasiones), Tal como éramos, El jinete eléctrico, Yakuza, La tapadera, o Tootsie, en la que además realizó su mejor interpretación ante la cámara como desesperado agente de un Dustin Hoffman transfigurado en actriz de éxito, en lo que fue su vuelta a su primera vocación, la de actor, tras veinte años de ocuparse solamente de oficios tras la cámara.

    En los últimos años alternó películas alejadas del éxito de masas con pequeños papeles (casi siempre un único papel en realidad) en películas como Eyes wide shut, de Stanley Kubrick, la reciente Michael Clayton, de la que fue productor (faceta en la que logró éxitos como Sentido y sensibilidad, de Ang Lee, o El paciente inglés de Anthony Minghella), o Made of honor, última interpretación en una comedia romántica todavía en el circuito de salas.

    Cineasta preocupado por los temas sociales y políticos, en su cine es frecuente encontrar críticas a la doble moral de la sociedad, en particular del sistema político y económico, siendo la mayor muestra de ellos la magnífica Danzad, danzad, malditos (1969).


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