Adiós a Rafael Azcona
26 de Marzo de 2008

Ha muerto el cronista de una época, el genio ácido que retrató las miserias morales de una sociedad de postguerra pacata, temerosa, menor de edad, y que lo hizo con ironÃa, con humor negro, obsesionado con el sexo, con la incomunicación entre los seres humanos y con ánimo de reflejar las pequeñas trampas de la vida, tarea en la que persistió en un paÃs modernizado que, no obstante, conserva todavÃa los viejos clichés, los complejos y las contradicciones que él supo resaltar de manera magistral.
DecÃa que él veÃa el oficio de guionista muy cercano al de la prostitución. Para Rafael Azcona, el guionista era alguien que por dinero ayudaba a satisfacer las fantasÃas eróticas del espectador que pagaba la entrada para ver la pelÃcula. Preguntado por sus virtudes como escritor, atribuÃa su originalidad y su sentido agridulce de la narración, con su modestia habitual, al hecho de no haber conducido nunca, a poder detenerse a observar la vida mientras paseaba o caminaba hacia cualquier destino, a la ausencia de ofuscación, o bien a sus propios problemas de conciencia: decÃa que si se acostaba un dÃa sin haber hecho algo que mereciera la pena, se enfurecÃa.
Hoy los medios de comunicación y el mundo de internet están repletos de obituarios, de reseñas, de artÃculos sobre él, sobre su obra en la prensa escrita, sobre su trabajo con los mejores directores del cine español, sobre su imprescindible figura en nuestra cinematografÃa. A Rafael Azcona no le hubiera gustado. Dejó dicho que querÃa irse sin hacer ruido, y asà ha sido, anunciándose su muerte una vez incinerado. El Maestro disculpará que no le hagamos caso. Eso sÃ, con la sonrisa en los labios; él no lo querrÃa de otro modo.
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