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Las mejores persecuciones del cine

20 de Noviembre de 2008

En cualquier cinta de acción o aventuras las escenas de persecución resultan imprescindibles. Gran parte de la descarga de adrenalina que estos productos pretenden generar es responsabilidad de estas escenas, sobre las que recae la mayor parte del peso a la hora de juzgar la calidad y el grado de posteridad u olvido al que va a acceder cada película de un género de por sí casi siempre olvidable. Una web británica ha rescatado las que a juicio de sus lectores son las escenas de persecución más memorables del cine de todos los tiempos, y éstos han mostrado a las claras su predilección por otro tiempo y otra forma de hacer cine, con más artesanía, más habilidad, más capacidad y menos pirotecnia.

La simpática persecución entre los tres Mini Cooper y los Alfa Romeo y los Lancia de la policía por las calles de Turín en Un trabajo en Italia  (Peter Collinson, 1969) es la ganadora de la clasificación, mientras que su innecesario remake de 2003, con coches más modernos, actores más guapos y mucho fuego de artificio ni aparece en la lista. John Landis, sus Granujas a todo ritmo (1980) y la persecución por las calles de Chicago a la que les somete la policía, el ejército y los “nazis de Illinois” obtiene la medalla de plata, y Matt Damon, de nuevo al volante de un Mini, cierra el podio perseguido por París en El caso Bourne (2002), cinta que intentaba recuperar el sabor de las cintas de acción más tradicionales.

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    ‘Tiro mortal’, la decadencia de John Frankenheimer

    El gran cineasta John Frankenheimer, uno de los maestros del cine de acción de todos los tiempos, mantuvo una carrera tan larga como irregular no exenta de buenos trabajos (Los jóvenes salvajes, 1961; El mensajero del miedo, 1962; El hombre de Alcatraz, 1962; Siete días de mayo, 1964; El tren, 1964; French connection II, 1975; El pacto de Berlín, 1985; Ronin, 1998). Entre sus títulos más discutibles se encuentra esta intriga mediocre y tópica de 1989 sobre un detective de Los Ángeles (el claramente inapropiado Don Johnson)con abundantes problemas personales que lo llevan a un difícil equilibrio psicológico (en la mejor línea del John McLane de La jungla de cristal, cuya primera entrega se estrenó el mismo año) con su ex mujer y sus compañeros de trabajo y que, investigando lo que parece un simple homicidio de un policía en un control rutinario, termina destapándose como un complot de la ultraderecha más reaccionaria latente en las zonas rurales del medio oeste norteamericano.

    Rodada en un formato casi televisivo y con una dirección absolutamente convencional, la película, sin sorpresas, sin giros, sin sobresaltos, siguiendo las líneas más manidas del género, cumple con la única función que puede convencer al espectador, el puro entretenimiento salpicado de escenas de violencia, acción y diálogos malsonantes y en ocasiones ácidos (al igual que el John McLane de Bruce Willis, insistimos), mientras a Johnson, en plena cresta de la ola tras su éxito en la serie televisiva Corrupción en Miami (Miami vice) y a punto de hacer naufragar en su carrera, muestra sus claras limitaciones como intérprete incluso en un papel sin sorpresas ni recovecos que le viene grande. William Forsythe y sobre todo, las escasas apariciones de esa estupenda actriz con mala suerte llamada Penelope Ann Miller compensan algo la superficie plana e irrelevante de un film que no está a la altura de lo mejor de Frankenheimer.



    Título: Dead bang
    Año: 1989
    Duración: 109 minutos
    País: Estados Unidos
    Director: John Frankenheimer
    Reparto: Don Johnson, Penelope Ann Miller, William Forsythe, Bob Balaban, Tim Reid, Frank Military, Tate Donovan
    Guión: Robert Foster
    Música: Gary Chang
    Fotografía: Gerry Fisher
    Producción: Lorimar Ent.

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    Sean Bean, los tipos duros no bailan

    El cine moderno con su idolatría por el thriller y el cine acción condena en ocasiones a actores más que solventes a ceñirse a personajes planos, sin matices ni recovecos, que limitan casi totalmente sus posibilidades dramáticas, o bien como desahogo les obligan a participar en comedias para encefalogramas planos en las que los personajes oscilan entre lo patoso y el mal gusto, con muy pocas excepciones. Es el caso de Sean Bean, actor inglés encasillado en personajes de villano duro en oposición al héroe de la película, un profesional formado en la Royal Academy of Dramatic Art británica y que prácticamente interpreta siempre a mercenarios, asesinos, agentes secretos o tipos duros.

    Tras varios pequeños papeles en películas británicas desde 1984, su rostro se hizo popular gracias a su papel antagonista de Harrison Ford en Juego de patriotas (Philip Noyce, 1992) y sobre todo por ser el malvado y traidor agente británico de Goldeneye (Martin Campbell, 1995), frente a Pierce Brosnan. Ronin (1998), de John Frankenheimer, y sobre todo El Señor de los Anillos – La comunidad del anillo (Peter Jackson, 2001), además de La isla (Michael Bay, 2005), junto a Ewan McGregor y Scarlett Johansson, son sus otros papeles más recordados, junto a bodrios como Troya de Wolfgang Petersen o La búsqueda de John Turteltaub, ambas de 2004. Pocas son las ocasiones que Bean ha tenido para demostrar su mejor vena dramática. Entre ellas destaca sobre todo Ana Karenina (Bernard Rose, 1996).

    Sin duda, Sean Bean es un actor con mayores capacidades artísticas que las que le han permitido demostrar hasta hoy quizá a causa de su físico curtido en múltiples oficios (desde soldador hasta repartidor a domicilio, pasando por mozo de supermercado) y practicando el boxeo. Su gran papel está por llegar.


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    Ha muerto Paul Scofield

    24 de Marzo de 2008

    Ha muerto Paul Scofield

    Paul Scofield, extraordinario actor británico que obtuvo fama mundial por sus brillantes interpretaciones de las obras de Shakespeare y que obtuvo un Oscar al mejor actor por su interpretación de Tomás Moro en Un hombre para la eternidad (Fred Zinnemann, 1966), falleció el pasado 19 de marzo. El inolvidable coronel Von Valdeheim de El tren (John Frankenheimer, 1964), película protagonizada por Burt Lancaster y Jeanne Moreau, que narra el intento por parte de los nazis de esquilmar los museos franceses en la retirada de 1944 fletando para ello un tren repleto de obras de arte con destino Berlín, poseía una amplia formación teatral que le llevó al éxito al frente del Royal Shakespeare Theatre. En 1979 llegó a protagonizar el drama teatral Amadeus en el papel de Antonio Salieri, que años más tarde interpretaría F. Murray Abraham en la versión cinematográfica de Milos Forman.

    En su filmografía además aparece una nueva nominación al Oscar en 1994 por su papel de Mark van Doren, el padre de Ralph Fiennes, en Quiz Show, de Robert Redford, y una gran caracterización, también como padre en este caso de Mel Gibson, en la excelente adaptación de Hamlet que filmó el italiano Franco Zeffirelli en 1990.Su magnífica calidad como actor dramático teatral le posibilitaron participar en grandes adaptaciones televisivas de clásicos de la escena como Anna Karenina o Enrique V.


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