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Bette Davis: centenario de la mala por excelencia

Probablemente una de las tres o cuatro mejores actrices de la historia, se celebra estos días el centenario del nacimiento de Bette Davis, bruja y seductora por antonomasia del cine clásico de Hollywood, que hizo de sus papeles crueles y fríos una marca de la casa inigualable hasta la fecha, dotando a sus personajes de una credibilidad absoluta. Ganadora de dos Oscars y nominada ocho veces más, su carrera abarcó nada menos que seis décadas, y trabajó a las órdenes de lo más granado de la cinematografía hollywoodiense.

Su fisonomía por completo alejada de la estética esperada de una estrella de cine, cerrándole puertas al principio, no obstante terminaron forjando un carácter independiente y rebelde con el que Davis configuró sus personajes sólidos, duros, casi graníticos, además de lograr reconocimiento y poder en el mundo del cine (fue la primera directiva de la Academia y en su tiempo la mujer mejor pagada de América). Apartada del papel de Escarlata en Lo que el viento se llevó por presiones de Laurence Olivier a David O. Selznick, Bette no obstante triunfó con Jezabel, primero de su largo camino de éxitos (La loba, Jezabel, Eva al desnudo, ¿Qué fue de Baby Jane?…).

Su vida tormentosa (casada cuatro veces, enviudó una y se divorció el resto, rechazada por una de sus hijas, eternamente enamorada de un William Wyler que se negó a separarse de su esposa) está a la altura de sus personajes. Es célebre su enfrentamiento con Joan Crawford (con la que, aprovechando ese enfrentamiento, llegó a coprotagonizar ¿Qué fue de Baby Jane?, de Robert Aldrich, 1962), de la que dijo que se había acostado con todas las estrellas masculinas de Hollywood exceptuando a Lassie.

Su deterioro físico fue penoso, sufriendo graves dolencias en los huesos, un cáncer y una apoplejía. Tras recibir un homenaje (que ella insistió en no perderse, pese a su delicado estado) en el Festival de San Sebastián de 1989, sus grandes ojos, los ojos del cine, se apagaron en París a los 81 años, sola, como fue su vida. No en vano tituló sus memorias como La vida solitaria.


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    Tres clásicos unidos por una cama y una piscina

    A veces nos sorprendemos cuando viendo una película reconocemos en la pantalla algún elemento de los exteriores, de las localizaciones o del decorado que creemos haber visto antes. Hollywood no es tan grande como parece, y a menudo se reutilizan exteriores, se rueda en las mismas ubicaciones intentado cambiar los puntos de vista y en no pocas ocasiones se reutilizan decorados, estancias o elementos para películas que poco o nada tienen que ver con la obra en la que aparecieron originariamente. Si para el famoso incendio de Atlanta de Lo que el viento se llevó (Gone with the wind, Victor Fleming, 1939) se incendiaron realmente los antiguos decorados elaborados para King Kong (Merian Cooper, 1933), a veces hay conexiones entre películas no tan evidentes o reconocidas.

    Por ejemplo, la barroca escenografía de El fantasma de la ópera (Rupert Julian, 1925), que otorgaba a la cinta protagonizada por Lon Chaney una atmósfera entre lo onírico y el terror, incluía una cama en forma de góndola en la que el Fantasma acostaba a su amada tras haberla secuestrado. Años después, Billy Wilder, en la no menos barroca decoración de la mansión de Norma Desmond (Gloria Swanson) en El crespúsculo de los dioses (Sunset Boulevard, 1950), recuperó dicha cama para el dormitorio de la diva, elemento apropiado y guiño especial teniendo en cuenta que la película trata de una antigua actriz de cine mudo que vive en sus ensoñaciones del pasado pese a haber sido olvidada por todos.

    Pero la obra de Wilder es a la vez destino y origen de conexiones subterráneas. Porque si la cama venía directamente de “la Ópera de París”, su piscina, el lugar donde aparece el cadáver de William Holden al principio de la película, y las dependencias adyacentes volverían a ser utilizadas por Nicholas Ray para que James Dean, Natalie Wood y Sal Mineo deambularan por ellas en Rebelde sin causa (Rebel withour a cause, 1955).

    Tres clásicos unidos de manera subterránea. La magia del cine.


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