Charlton Heston, el mejor Richelieu del cine
07 de Abril de 2008

Hace unos dÃas ha fallecido el mÃtico Charlton Heston (en Grecia ‘Easton’ para camuflar el escatológico significado de su apellido en la lengua de ese paÃs) y con tal motivo los medios de comunicación se han apresurado a glosar su legendaria carrera, su controvertida imagen pública a causa de sus devaneos con los grupos ultraconservadores y su defensa a ultranza del derecho a poseer armas de fuego por muchos crÃmenes y desgracias que éstas pongan en bandeja, de igual manera que han señalado sus cualidades como portento fÃsico y sus acartonadas limitaciones que, no obstante, logró superar con los años. Personajes como El Cid, Ben-Hur, el Mayor Dundee, el general Gordon o el agente Vargas de Sed de mal (Orson Welles, 1958) han sido recuperados para las necrológicas.
Pero nadie ha recordado estos dÃas a Heston como el mejor cardenal Richelieu que ha retratado jamás el cine, incluso por encima del gran Vincent Price en la legendaria versión de George Sidney de 1948. En las producciones que Richard Lester rodó en España en 1973-74 para adaptar la inmortal obra de Alejandro Dumas (dividida en dos filmes rodados a la vez, Los tres mosqueteros y Los cuatro mosqueteros), Heston interpretó al temible cardenal, con una riqueza de matices, una severidad gestual y una inquietante perfidia que pueden calificarse de magistrales, muy por encima de la calidad media de ambas pelÃculas. Acompañado de grandes nombres como Christopher Lee, Faye Dunaway, Raquel Welch, Michael York, Oliver Reed, o Richard Chamberlain, Heston contribuyó decididamente a que la obra de Lester lograra una eficaz traslación del mundo de Dumas a la pantalla, convirtiéndola en una aventura vibrante sembrada de acción, intrigas, humor e ironÃa, y dotando al cardenal del rostro más parecido que jamás ha dado el cine al mÃtico retrato que le pintó Philippe de Champaigne.
Heston recrea en ambas pelÃculas un Richelieu perfecto: ambiguo, inteligente, ambicioso, capaz, rencoroso, intrigante, malicioso, cÃnico, orgulloso, ruin, miserable, codicioso, avaro y extrañamente digno de honor y respeto (recuérdese que el cardenal, una vez derrotado, en lugar de vengarse a toda costa, acepta la derrota moral ante un Artagnan que ha utilizado la propia firma de Richelieu en un salvoconducto para autoexculparse de la muerte de Milady, de la cual efectivamente es culpable). Y todo eso lo consigue Heston con miradas, con su rostro pétreo, su mirada de acero, su voz cavernosa, su expresividad categórica. Inolvidable la escena final en la que, firmado el ascenso de Artagnan al puesto de teniente, lo despacha con un simple ademán de su mano izquierda, sin una palabra; solamente un gesto y una mirada gélida que indican derrota (momentánea), desprecio, desdén, odio y promesa de venganza en un futuro inmediato.
No cabe duda de que Heston, en principio elegido para papeles en los que desplegar sus encantos y capacidades fÃsicas, desarrolló hasta altas cotas sus posibilidades dramáticas, y que, aparte de sus opiniones polÃticas o sus gustos armamentÃsticos, quedará para la historia del cine como un mito indiscutible que, además de luchar, cabalgar y besar en la pantalla, sabÃa mirar, moverse y dotar a sus personajes de fuerza y carisma.
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