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‘Tiro mortal’, la decadencia de John Frankenheimer

El gran cineasta John Frankenheimer, uno de los maestros del cine de acción de todos los tiempos, mantuvo una carrera tan larga como irregular no exenta de buenos trabajos (Los jóvenes salvajes, 1961; El mensajero del miedo, 1962; El hombre de Alcatraz, 1962; Siete días de mayo, 1964; El tren, 1964; French connection II, 1975; El pacto de Berlín, 1985; Ronin, 1998). Entre sus títulos más discutibles se encuentra esta intriga mediocre y tópica de 1989 sobre un detective de Los Ángeles (el claramente inapropiado Don Johnson)con abundantes problemas personales que lo llevan a un difícil equilibrio psicológico (en la mejor línea del John McLane de La jungla de cristal, cuya primera entrega se estrenó el mismo año) con su ex mujer y sus compañeros de trabajo y que, investigando lo que parece un simple homicidio de un policía en un control rutinario, termina destapándose como un complot de la ultraderecha más reaccionaria latente en las zonas rurales del medio oeste norteamericano.

Rodada en un formato casi televisivo y con una dirección absolutamente convencional, la película, sin sorpresas, sin giros, sin sobresaltos, siguiendo las líneas más manidas del género, cumple con la única función que puede convencer al espectador, el puro entretenimiento salpicado de escenas de violencia, acción y diálogos malsonantes y en ocasiones ácidos (al igual que el John McLane de Bruce Willis, insistimos), mientras a Johnson, en plena cresta de la ola tras su éxito en la serie televisiva Corrupción en Miami (Miami vice) y a punto de hacer naufragar en su carrera, muestra sus claras limitaciones como intérprete incluso en un papel sin sorpresas ni recovecos que le viene grande. William Forsythe y sobre todo, las escasas apariciones de esa estupenda actriz con mala suerte llamada Penelope Ann Miller compensan algo la superficie plana e irrelevante de un film que no está a la altura de lo mejor de Frankenheimer.



Título: Dead bang
Año: 1989
Duración: 109 minutos
País: Estados Unidos
Director: John Frankenheimer
Reparto: Don Johnson, Penelope Ann Miller, William Forsythe, Bob Balaban, Tim Reid, Frank Military, Tate Donovan
Guión: Robert Foster
Música: Gary Chang
Fotografía: Gerry Fisher
Producción: Lorimar Ent.

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    Sean Bean, los tipos duros no bailan

    El cine moderno con su idolatría por el thriller y el cine acción condena en ocasiones a actores más que solventes a ceñirse a personajes planos, sin matices ni recovecos, que limitan casi totalmente sus posibilidades dramáticas, o bien como desahogo les obligan a participar en comedias para encefalogramas planos en las que los personajes oscilan entre lo patoso y el mal gusto, con muy pocas excepciones. Es el caso de Sean Bean, actor inglés encasillado en personajes de villano duro en oposición al héroe de la película, un profesional formado en la Royal Academy of Dramatic Art británica y que prácticamente interpreta siempre a mercenarios, asesinos, agentes secretos o tipos duros.

    Tras varios pequeños papeles en películas británicas desde 1984, su rostro se hizo popular gracias a su papel antagonista de Harrison Ford en Juego de patriotas (Philip Noyce, 1992) y sobre todo por ser el malvado y traidor agente británico de Goldeneye (Martin Campbell, 1995), frente a Pierce Brosnan. Ronin (1998), de John Frankenheimer, y sobre todo El Señor de los Anillos – La comunidad del anillo (Peter Jackson, 2001), además de La isla (Michael Bay, 2005), junto a Ewan McGregor y Scarlett Johansson, son sus otros papeles más recordados, junto a bodrios como Troya de Wolfgang Petersen o La búsqueda de John Turteltaub, ambas de 2004. Pocas son las ocasiones que Bean ha tenido para demostrar su mejor vena dramática. Entre ellas destaca sobre todo Ana Karenina (Bernard Rose, 1996).

    Sin duda, Sean Bean es un actor con mayores capacidades artísticas que las que le han permitido demostrar hasta hoy quizá a causa de su físico curtido en múltiples oficios (desde soldador hasta repartidor a domicilio, pasando por mozo de supermercado) y practicando el boxeo. Su gran papel está por llegar.


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    David Mamet, profesional de la creatividad

    Es uno de los más prolíficos y reconocidos guionistas del cine norteamericano, además de director de cine, escritor de novelas, ensayos y teatro (doble ganador del premio Pulitzer, una de ellas por su magnífica y extraña obra Glenngarry Glenn Ross, llevada años más tarde al cine por James Foley con guión del propio Mamet). Como guionista ha escrito grandes éxitos recientes como el remake, incluida la escena en la mesa de la cocina entre Jack Nicholson y Jessica Lange, de El cartero siempre llama dos veces (1981), la espléndida Veredicto final (1982), Los intocables de Elliot Ness (1987), Nunca fuimos ángeles (1989), Glenngarry Glenn Ross y Hoffa (1992), Vania en la calle 42 (1994), American Buffalo (1996), El desafío y Cortina de humo (1997), Ronin (1998) o Hannibal (2001). Además, siempre escribe los proyectos que dirige, que invariablemente cuentan con textos soberbios: Casa de juegos (1987), Las cosas cambian (1988), El monstruo (1989), Homicidio (1991), Oleanna (1994), El caso Winslow (1999), State and Main (2000) o El último golpe (Heist) (2001).

    Sus trabajos están caracterizados por la atención al lado oscuro de las personas y la convivencia, las apariencias y los conflictos y choques entre las ambiciones y sueños personales, a veces desde la cruda deshumanización (Glenngarry Glenn Ross, American Buffalo) y la crítica al sistema (El caso Winslow, Homicidio), y otras desde la comedia amable (State and Main) o el mejor thriller (Heist). Sus películas, minuciosas en la construcción de personajes sólidos, humanos, creíbles, naturales, en poderosas escenas, y en guiones redondos, de gran complejidad, con diálogos ágiles, ácidos, vertiginosos, que combinan dureza, humor, amargura, escepticismo y crítica, y que suelen esconder trampas, engaños, personajes que dicen ser lo que no son, que se disfrazan, que se ocultan a las indiscretas miradas de los demás como protección, nunca defraudan. Mamet es seguro de historias interesantes, reflexión, complejidad, agudeza, paradojas, y crítica al poder del Hombre para mentirse a sí mismo.


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