‘Forajidos de leyenda’: Walter Hill emula a Sam Peckinpah
17 de Abril de 2008

Los países jóvenes, sin historia y forjados a golpe de genocidio suelen intentar crear mitos de la nada, y para ello no les importa glorificar la figura de delincuentes y asesinos cuando no puede echarse mano de alguien honorable. Es el caso de Jesse James y toda la mitología literaria y cinematográfica que rodea a este odioso personaje convertido por la ficción en héroe casi romántico y paradigma de los caballeros andantes del western. En esta ocasión, el cinéfilo director y guionista Walter Hill crea un western crepuscular “modelo Peckinpah” en el que, con el pretexto de la narración del triste final de la banda de los James, en realidad retrata de nuevo y en tono elegíaco el final de un modo de vida, el del viejo oeste, que es más producto de la ficción idealista y romántica que de la realidad histórica.
Los hermanos James se convirtieron en forajidos como tantos otros inadaptados tras la derrota sudista en la Guerra de Secesión. Ladrones de bancos y asaltantes de trenes, su fama se extendió por Missouri y el medio oeste a golpe de artículos periodísticos por entregas que ficcionaban sus correrías. Hill cuenta su historia “homenajeando” a los westerns de Peckinpah, es decir, con mucha cámara lenta, violencia explícita y texturas cromáticas, y aunque la película resulta vibrante, le falta alma y emoción, y le sobran sangre y giros de guión.
Inferior a Peckinpah y a Clint Eastwood, uno de los mayores valores de la película es el curioso reparto, con cuatro grupos de hermanos (David, Keith, Robert y James Carradine, James y Stacy Keach, Dennis y Randy Quaid, y Nicholas y Christopher Guest) que emula la auténtica configuración de la banda de Jesse James y que consigue muchos momentos de complicidad que exceden la mera actuación, evidenciados, sobre todo, en los rostros de los actores en las escenas dramáticas.
Título: The long riders
Año: 1980
Duración: 100 minutos
País: Estados Unidos
Director: Walter Hill
Reparto: Keith Carradine, David Carradine, Dennis Quaid, James Keach, Stacy Keach, James Carradine, Robert Carradine, Randy Quaid, Christopher Guest, Nicholas Guest
Guión: Bill Bryden, Steven Philip Smith, Stacy y James Keach
Música: Ry Cooder
Fotografía: Ric Waite
Producción: United Artists
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Un buen matrimonio
15 de Marzo de 2008
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Steve McQueen: tipo duro del cine de los 60-70
14 de Marzo de 2008

Recordado como uno de los grandes actores de acción de los 60-70, pero no exento de cualidades interpretativas más hondas, comenzó su carrera en el Actor’s Studio de Nueva York gracias a las ayudas que los marines recibían para su reintegración a la vida civil. Terence S. McQueen, su verdadero nombre, se había alistado tras una infancia difícil (abandono paterno, hogar desestructurado, estancia en un orfanato, primera juventud como vagabundo…). Debutó en Broadway en 1955, y muy pronto se introdujo en el cine gracias a varias películas de ciencia ficción de serie B.
Su fama comenzó a labrarse gracias a la televisión, en la que trabajó asiduamente hasta 1958, pero su reconocimiento llegó con Los siete magníficos (1960) y sobre todo, con La gran evasión (1963), ambas del gran John Sturges. A partir de ahí comienza su mejor época: El rey del juego, (Norman Jewison, 1965), Nevada Smith (Henry Hathaway, 1966), El caso de Thomas Crown (Jewison, 1968).
En 1966 logró una nominación al Oscar por su papel de marino americano en El Yang-Tsé en llamas (Robert Wise) y se consagró definitivamente con Bullit, (Peter Yates, 1968) y La huida (Sam Peckinpah, 1972), protagonizada junto a Ali McGraw, una de las dos esposas que tuvo. Como tantas veces ocurre, la acción se le quedaba corta, y en Papillon (Franklin J. Shaffner, 1973), demostró su categoría como actor dramático. Desde entonces, y tras El coloso en llamas (John Guillermin, 1974), restringió sus apariciones en el cine y se concentró en sus otras grandes pasiones, las artes marciales, y sobre todo, las carreras de coches. Su última aparición en la pantalla fue en 1980, año en que murió de un ataque al corazón a causa de la fuerte medicación con que trataba un cáncer de pulmón.
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Gonzalo Suárez, remando contra el viento
08 de Marzo de 2008
¿Escritor que hace cine, cineasta que regresa a la Literatura? De cuando en cuando hay mariposas que se niegan a dejarse clavar en el cartón de las bibliografías y los catálogos, de cuando en cuando, también hay lectores o espectadores que siguen prefiriendo las mariposas que viven a las que duermen su triste sueño en las cajas de cristal.
Palabras de Julio Cortázar que definen la extraordinaria personalidad y obra de este atípico escritor, periodista, director teatral, traductor, realizador televisivo, cineasta, e incluso, en su tiempo, redactor de informes sobre futbolistas para el Internazionale de Milán. Con una obra literaria y cinematográfica tan personal, alejada de lo comercial pero con una audiencia pequeña pero fiel y gran reconocimiento por la crítica, Suárez alterna adaptaciones televisivas de obras literarias con la escritura de guiones, la publicación periodística y literaria, y la traslación de su personal visión de la Literatura y del ser humano a un cine a medio camino entre lo puramente literario y lo onírico, permitiéndose en ocasiones retratar sus pasiones más mundanas, como el fútbol.
En su carrera cinematográfica se dan la mano Robert Louis Stevenson, Lord Byron, el mito de Don Juan, Frankenstein, Stefan Zweig con Orson Welles, Fritz Lang o Sam Peckinpah, en una obra que, quizá no siendo apta para todos los públicos, entremezcla los misterios de la creación literaria o cinematográfica con el misterio profundo de la vida y del destino, siempre con una mirada profunda, atenta, reposada y culta, y con una estética depurada, clásica, poética, bellísima, que ha dado filmes imprescindibles como Remando al viento (1987), Epílogo (1984) o rarezas maravillosas como Don Juan en los infiernos (1991), El detective y la muerte (1994) o Mi nombre es sombra (1996).
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