‘Los crímenes del rosario’, thriller sin personalidad propia
15 de Junio de 2008

Este thriller del irrelevante Fred Walton peca (nunca un término resultó tan apropiado) de tal indefinición en su planteamiento que resta efectividad a una trama a priori interesante. La película pretende serlo todo, un thriller de ambiente gótico, o cuando menos oscuro, una historia de amor, una crítica social, y un drama personal sobrevenido por la crisis de fe de un sacerdote, y como suele ocurrir en estos casos, termina oscilando torpemente entre los ambientes tétricos de inspiración religiosa al estilo de El exorcista de William Friedkin (1973) y la tormenta de la culpa de Yo confieso de Alfred Hitchcock (1952).
La película nos presenta los sucesivos crímenes cometidos en la parroquia católica del Santo Redentor, en Detroit, que tienen como nota común la personalidad de las víctimas, todos ellos religiosos, y la marca del asesino, un rosario de cuentas negras entrelazado en las manos de los cadáveres. El padre Koesler (Donald Sutherland) intenta ayudar a la policía, más aún cuando sospecha que uno de los fieles que acuden a su horario de confesionario es el “asesino del rosario”.
Con algunos momentos de intriga bien conseguidos, algún que otro susto y un clímax logrado, las mayores virtudes de la película giran en torno al aprovechamiento del fenómeno religioso católico, sus ritos e iconografías como vehículo para el misterio y para crear atmósferas que predispongan a lo siniestro (como las profanaciones, por ejemplo), sufriendo por el contrario el conjunto de falta de originalidad y, sobre todo, del abuso de situaciones ya descritas con anterioridad y que llegan al colmo del absurdo en el repentino e ilógico enamoramiento entre el sacerdote y la periodista, una mezcla que lejos de ser efectiva se resiente de que el director no haya apostado en exclusiva por una vía concreta.
Título: The Rosemary murders
Año: 1987
Duración: 105 minutos
País: Estados Unidos
Director: Fred Walton
Reparto: Donald Sutherland, Charles Durning, Roger Angelini, Anita Barone, B. Constance Barry, Belinda Bauer, John Danelle, Keith Brooks, Bethany Carpenter
Guión: Elmore Leonard y Fred Walton sobre la novela de William X. Kienzle
Música: Don Sebesky y Bobby Laurel
Fotografía: David Golia
Producción: First Take / Rosary Take One
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¿Qué pudo pasarle a William Friedkin?
21 de Marzo de 2008

El ‘caso Friedkin’ es uno de los auges y desplomes más extraños de la Historia del cine. Surgido prácticamente de la nada, de un éxito entre la crítica con Los chicos de la banda (The boys in the band, 1970), obtuvo todos los Oscar principales (película, director, guión, actor) por su siguiente película, la extraordinaria French Connection (Contra el imperio de la droga, 1971), y se inmortalizó para los restos con su tercera obra, El exorcista, mítico film de terror. A partir de ahí, cuatro años hasta el rodaje de su siguiente proyecto, Carga maldita (remake de la obra maestra El salario del miedo, de Clouzot), y desde entonces más remakes (como 12 Hombres sin piedad, el clásico de Lumet protagonizado por Henry Fonda, filmado de nuevo con Jack Lemmon), thrillers de acción (entre ellos La presa, de 2003, Reglas de compromiso, de 2000), algunas incursiones desastrosas en la comedia (El contrato del siglo, de 1983) y vanos intentos de profundizar en el thriller erótico, la senda abierta por Paul Verhoeven y su Instinto básico con Jade (1995).
¿Qué pudo pasarle a este hombre? Su cine, incluso sus peores thrillers (dejemos aparte sus intentos en la comedia), no carece de interés, con momentos notables, logrados, aunque sean tópicos o manidos, y siempre consigue acompañarse de repartos impresionantes (gente como Al Pacino, Gene Hackman, Fernando Rey, Roy Scheider, Gena Rowlands, Jack Lemmon, Francisco Rabal, Peter Falk, Sigourney Weaver, Willem Dafoe, Tommy Lee Jones, Nick Nolte…). Sus tres primeras obras son extraordinarias, y por tanto no podemos hablar de que sonara la flauta por casualidad. Es decir, que el tipo sabe lo que es el cine y sabe hacerlo bien. ¿Le afectó acaso su breve matrimonio con Jeanne Moreau? ¿Perdió la mano? Se admiten hipótesis.
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